En la década de los años cincuenta conocí una niña que tenía seis hermanos y era huérfana de madre. Vivía en un barrio de los suburbios de la capital. Paquita, que así se llamaba, era una niña con mucha vitalidad y muy predispuesta al trabajo, hasta el punto de subirles agua a los vecinos a sus propias casas, hacerles recados e incluso fregarles los cacharros. Eso sí, ¡a cambio de alguna prestación económica!
Un día jugando al juego de "al pasimisí ", se dio cuenta que Marisol, una compañera de juego (que por cierto, su papá ganaba dinero y tenía buena casa y sustento para comer) se dejó el bocadillo de chocolate en la acera de una casa. Ella, que tenía bastante necesidad, al verlo, lo cogió, salio corriendo a su casa y se lo comió en los prácticamente cincuenta metros que anduvo hasta llegar a su casa. Al entrar su padre le dijo, ¿ya estas aquí? Lógicamente al padre le extrañó que volviera tan pronto.
No transcurrieron apenas unos minutos, cuando se oyeron unos golpes en la puerta y hablar a una señora que decía: "Señor Santiago, soy la Señora Esperanza. Mire, su hija le ha quitado a mi hija el bocadillo". La niña, al oír la voz de la señora, rápidamente se escondió debajo de la cama. Os podéis imaginar como le latía su corazón. El padre, que era un señor que no quería que nadie le llamara la atención por nada y además era muy tímido, no se lo pensó dos veces. Se quitó la correa y voceando y pegándola, sacó a Paquita de debajo de la cama. Todo esto, claro está, ocurría con la señora allí. ¡Pobre niña! Caro le costó el pan con chocolate. A ella eso no se le olvidó, ni perdonó. Nunca entendió por qué su padre tuvo que hacer un teatro tan cruento, haciendo feliz a un extraño con el sufrimiento de su propia hija. A Paquita ese día no se le ha olvidado jamás, y hoy lo cuenta aquí en segunda persona, cuando en realidad es ella la primera persona. Qué tiempos aquellos, relata Paquita.
¡Gracias, fulmini & saette!
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