En un monte muy lejano vivía una haraposa bruja. Era pequeña, pecosa, muy sucia y estaba llena de buenas intenciones. Un día se le ocurrió bajar del monte, por supuesto con su estropajosa y veloz escoba. Nada más aterrizar vio que había unos niños jugando y se acercó a ellos. Los pequeños no se asustaron, todo lo contrario, se alegraron de tener algo tan mágico junto a ellos. La miraban, la tocaban y le hacían preguntas. Ella, más o menos hizo lo mismo, se quedó prendada al verlos y les preguntó: "pequeñuelos, ¿me dejáis jugar con vosotros?". Los niños no opusieron resistencia. Era tal la fascinación que el embrujo de los harapos de la bruja los hechizó. Se divirtieron con muchos juegos pero con el que más disfrutaron fue cuando la bruja los montó en su escoba.
Volaron y volaron y por fin aterrizaron en una montaña donde la haraposa bruja tenía su hogar. Los invitó a comer unas pócimas que ella hizo. Mezcló migas de pan que encontró en la calle, hojas de árbol secas, un poquito de tierra de su cueva, agua pura y amor, mucho amor. Los niños se lo comieron todo con tanto apetito que no dejaron nada en el plato de tan sabroso manjar. Se durmieron encima de la mesa y pasado un buen rato, despertaron, y vieron que cada uno estaba en la mesa de su casa. "¡OH MAGIA! ¡estoy en mi casa!", pensó uno de los niños. Salió corriendo a la calle, y llamó a la bruja haraposa: "¡brujaaa!, ¿dónde estás? Su madre, al oír las voces, salió y le preguntó: hijo, ¿a quién buscas?". Y el niño le contestó: "te busco a ti , mamá".
¡Gracias Artiii!
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