jueves, 27 de marzo de 2008

Pan y chocolate


En la década de los años cincuenta conocí una niña que tenía seis hermanos y era huérfana de madre. Vivía en un barrio de los suburbios de la capital. Paquita, que así se llamaba, era una niña con mucha vitalidad y muy predispuesta al trabajo, hasta el punto de subirles agua a los vecinos a sus propias casas, hacerles recados e incluso fregarles los cacharros. Eso sí, ¡a cambio de alguna prestación económica!

Un día jugando al juego de "al pasimisí ", se dio cuenta que Marisol, una compañera de juego (que por cierto, su papá ganaba dinero y tenía buena casa y sustento para comer) se dejó el bocadillo de chocolate en la acera de una casa. Ella, que tenía bastante necesidad, al verlo, lo cogió, salio corriendo a su casa y se lo comió en los
prácticamente cincuenta metros que anduvo hasta llegar a su casa. Al entrar su padre le dijo, ¿ya estas aquí? Lógicamente al padre le extrañó que volviera tan pronto.

No transcurrieron apenas unos minutos, cuando se oyeron unos golpes en la puerta y hablar a una señora que decía: "Señor Santiago, soy la Señora Esperanza. Mire, su hija le ha quitado a mi hija el bocadillo". La niña, al oír la voz de la señora, rápidamente se escondió debajo de la cama. Os podéis imaginar como le latía su corazón. El padre, que era un señor que no quería que nadie le llamara la atención por nada y además era muy tímido, no se lo pensó dos veces. Se quitó la correa y voceando y pegándola, sacó a Paquita de debajo de la cama. Todo esto, claro está, ocurría con la señora allí. ¡Pobre niña! Caro le costó el pan con chocolate. A ella eso no se le olvidó, ni perdonó. Nunca entendió por qué su padre tuvo que hacer un teatro tan cruento, haciendo feliz a un extraño con el sufrimiento de su propia hija. A Paquita ese día no se le ha olvidado jamás, y hoy lo cuenta aquí en segunda persona, cuando en realidad es ella la primera persona. Qué tiempos aquellos, relata Paquita.

¡Gracias, fulmini & saette!

lunes, 17 de marzo de 2008

Las aventuras de Dorotea


No se que voy hacer con esta maldita tos. Quiero volar e ir a visitar sitios y ver gentes pero no me atrevo a montarme en mi escoba, porque si toso puedo caerme de ella. Qué mal, ¿no?, una bruja tirada por los suelos . Bueno no asustaros que no os voy a pegar este virus. Lo he guardado en mi caverna, en un rincón donde nadie puede entrar, solo mi araña Dorotea puede verlo e incluso tocarlo. Ella es el ama de llaves de mi castillo. Dorotea es mi mejor aliada, ella me salva de todo lo malo que pueda acecharme. En esta ocasión la tengo que perdonar, estaba muy ocupada con su vecino el Matraca y... ¡ya os podéis imaginar! La he perdonado, para que veáis que las brujas tenemos corazón. Pronto volveré, jajaja.

¡Gracias, Krisztina!

jueves, 6 de marzo de 2008

Los harapos de una bruja


En un monte muy lejano vivía una haraposa bruja. Era pequeña, pecosa, muy sucia y estaba llena de buenas intenciones. Un día se le ocurrió bajar del monte, por supuesto con su estropajosa y veloz escoba. Nada más aterrizar vio que había unos niños jugando y se acercó a ellos. Los pequeños no se asustaron, todo lo contrario, se alegraron de tener algo tan mágico junto a ellos. La miraban, la tocaban y le hacían preguntas. Ella, más o menos hizo lo mismo, se quedó prendada al verlos y les preguntó: "pequeñuelos, ¿me dejáis jugar con vosotros?". Los niños no opusieron resistencia. Era tal la fascinación que el embrujo de los harapos de la bruja los hechizó. Se divirtieron con muchos juegos pero con el que más disfrutaron fue cuando la bruja los montó en su escoba.

Volaron y volaron y por fin aterrizaron en una montaña donde la haraposa bruja tenía su hogar. Los invitó a comer unas pócimas que ella hizo. Mezcló migas de pan que encontró en la calle, hojas de árbol secas, un poquito de tierra de su cueva, agua pura y amor, mucho amor. Los niños se lo comieron todo con tanto apetito que no dejaron nada en el plato de tan sabroso manjar. Se durmieron encima de la mesa y pasado un buen rato, despertaron, y vieron que cada uno estaba en la mesa de su casa. "¡OH MAGIA! ¡estoy en mi casa!", pensó uno de los niños. Salió corriendo a la calle, y llamó a la bruja haraposa: "¡brujaaa!, ¿dónde estás? Su madre, al oír las voces, salió y le preguntó: hijo, ¿a quién buscas?". Y el niño le contestó: "te busco a ti , mamá".

¡Gracias Artiii!